La Filosofía de S. Agustín:
Alrededor del año 370, llegó a manos de Agustín la obra titulada «El hortensio» de Cicerón, esta obra despertó el ardor y ansia por buscar la inmortalidad de la Filosofía.
El hombre, está hecho a imagen de Dios (imago Dei), tiene tendencia a poseer y conocer a Dios. El hombre no es la verdad, pero es capaz de buscarla. También, somos vestigium Dei, que es la huella del creador en el mundo, podemos verlo observando observando la naturaleza, pero es una semejanza que se ignora a si misma, no tiende a nada...
El hombre debido a esta tendencia innata en él de volver la mirada hacia su interior y encontrar a Dios, es una criatura desajustada, ya que estamos para lo infinito, lo eterno y lo inmutable. Sin embargo, en este mundo todo lo que hizo Dios es finito, efímero y contingente.
Si el hombre, se fijase en algo sensible, no sería feliz, ya que todo lo de este mundo se degrada. Si por el contrario fuese él mismo su objeto de adoración, acabaría por ser infiel a sí mismo, lo que le llevaría a más infelicidad.
Agustín rechaza, que la felicidad esté en los placeres carnales y también rechaza que la felicidad resida sólo en el alma, sino que implica goce y fruición. El mayor de los placeres del hombre es poseer a Dios, contemplar su naturaleza.
Cierto es, que aunque el hombre tiene esa tendencia a poseer y conocer a Dios, no sería posible, ni siquiera ponernos en marcha sin la ayuda de Cristo.
La religión cristiana, para Agustín es la filosofía verdadera. Todas las ciencias humanistas de hecho sirven a la filosofía verdadera y deben ser puestas al servicio de la filosofía verdadera. Ahora bien, dentro de estas ciencias, la filosofía clásica, puede ser muy útil para interpretar la Sagrada Escritura. Agustín puso todos sus estudios por escrito. Sus escritos eran muy racionales y visto desde el punto de vista de entonces era algo así, como traicionar su propio pensamiento, pero cierto es que la manera correcta de interpretarlo es que estas ciencias servían para ponerlas a disposición de su fe.
Es importante recordar, que Agustín se convirtió cuando tenía 33 años, hasta ese momento había tenido todo tipo de fiestas, comilonas y satisfacciones concupiscibles. Incluso llegó a tener un hijo sin estar casado.
La manera correcta de ir hacia Dios es buscar en nuestro interior, sin confundirlo con nuestra introspección psicológica, sino hay que ir más allá, hay que transcenderse para ir hacia el alma.
El alma, no es la verdad, pero es el medio para alcanzar a Dios que es el fin. Desde ella podemos observar el bien supremo.
Esto fue lo que distinguió a Agustín de sus predecesores, ya que todos pensaban que había que mirar fuera de uno mismo y Agustín nos dice que busquemos en nuestro interior, pues en él habita la verdad. Para Agustín, el alma era digna de honores, mientras que hasta entonces era el mundo externo, la naturaleza.


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